Para crear ese tono que me sedujo de novela erótica, romántica y esotérica, pensé en una mujer muy especial, con resonancia en la memoria colectiva de la humanidad. Y, como una chispa luminosa, se vino a mi mente un nombre simbólico: Madeleine. De repente imaginé a esa mujer de fuego, sensual y sexual, y fluyó la figura misteriosa de la prostituta sublime, María Magdalena.
Mi Madeleine, mi heroína, es una mujer intensa, soberana, libre. Una cortesana que no se avergüenza de su cuerpo ni de su placer, y que guarda secretos místicos.
Así nació Madeleine: fuego, pasión y también enigma. Ella es el arquetipo de la mujer actual, puesto que es libre y consciente al decidir sobre su cuerpo y su destino. Es una rebelde con causa, que no acepta imposiciones y porque es auténtica.
Madeleine no se reduce a un solo papel: es madre, amante, esposa, sacerdotisa, empresaria, creadora, buscadora, amiga. Madeleine une lo carnal con lo espiritual, lo terrenal con lo místico.
En ella se refleja la mujer contemporánea, que no renuncia ni a su cuerpo ni a su alma. Es símbolo de empoderamiento femenino, además de humanidad compartida. Su historia invita a hombres y mujeres a replantear creencias, prejuicios y a celebrar la diversidad de la experiencia humana.