En el año dos mil dieciocho, por azares del destino, mi vida laboral tuvo un giro inesperado. Hasta allí había venido escribiendo obras técnicas en relación con mi profesión, narración histórica y mi afinidad siempre misteriosa por el mundo metafísico.
Por instancias de mi hija, que me sugirió escribir novelas de tono romántico-erótico, me inspiré en mi saga: Madeleine, una heroína de fuego, pasión y enigma. Al comienzo, dicha propuesta me pareció no solo pecado, sino también cursilería y vulgaridad. Sin embargo, esa idea se sembró en mi alma y llevé dicha propuesta a un análisis introspectivo por mi parte, y decidí crear aquel mundo.
Porque comprendí que, además del erotismo y la pasión, podía invocar a otros planos más sutiles, donde el poder, el misterio y lo invisible habitan. Y fue así como acepté el reto, me refugié en la soledad de mi rincón de escritora y comencé a dar vida a mi hija espiritual en la plenitud de su gran y especial universo: a esa mujer de fuego y contradicción.
Han transcurrido siete años desde que la escribí, guardándola como una joya, esperando la luz de las estrellas para anunciar su nacimiento. Hoy, ella ha llegado al mundo. No solo como una novela, sino como legado del arte escrito, como testimonio de una voz femenina que se atrevió a arder y a renacer.